Todos los días estos trabajadores se suben a su camioneta, camión o tractor para ir a trabajar al monte, pero previamente deben pasar lugares con tanta belleza, que placer se debe sentir cada instante del recorrido.
Este es un recorrido pequeño de uno de los campesinos, pero si nos ponemos a recorrer la mayoría de los caminos de los demás, seguramente disfrutarán de un paisaje similar, quizá un arroyo, quizá subidas y bajadas más pronunciadas, algunos caminos más pedregosos.
Sin lugar a dudas todos rodeados de un verde bosque, de pinos reforestados o de monte natural, unos limpios para poder caminar entre ellos, otros con altos pastizales entremezclados de ortigas gigantes y flores silvestres.
Algunos caminos que nos permiten ver el sol u otros a los que solo acarician algunos rayos de luz.
Cada uno genera figuras diferentes, para ser retratados a cada paso, todos con la firma de la Madre Naturaleza.
Algunos, los memorizamos y queda impregnada la imagen en nuestra retina de por vida que creemos que cuando regresemos la podemos encontrar con los ojos cerrados, pero el monte, la selva actúa y se mueve a diario y al año siguiente generó una nueva panorámica.
Cuando se termina de trabajar, el regreso, luego de mover ramas, de limpiar montes, de cargar camiones, habiendo sudado y seguramente algunos golpes, con sus ropas impregnadas de un maquillaje color rojo punzó, gajos del oficio y sin lugar a dudas agotados.
A este lugar llegamos por Ruta Provincial Nº15
Hoy, en su mayoría están asfaltadas, en diferente estado, pero un gran avance para la mejora en la comunicación entre los diferentes pueblos del Este y el Oeste, pero hoy le dedico unas imágenes al recuerdo del presente que se remontan al pasado, la Ruta provincial Nº15, que une la Ciudad de Montecarlo en la Ruta 12 con la 14 en las cercanías del pueblo de Francan.
Una ruta en que sus laterales aun se pueden ver reservas de nuestros habitantes originarios entre mezclados con tierras que son usados para la cría de ganado vacuno o forestación por diferentes productores, por dicho camino debe ser transportados a su lugar de comercialización.
Transportados de la misma forma como lo hacían a mediados de siglo pasado, casi a paso de hombre, esquivando tremendas piedras y diferentes ondulaciones del terreno, imágenes que retraté durante esta tremenda sequía que aqueja a la provincia, que si los regímenes hídricos serían normales a estos caminos le deberíamos agregar arroyuelos y nacientes que lo crucen en esos casi 50 km de longitud que tiene.
Misiones, una provincia insertada en la Selva, en donde vemos a su gente trabajar de sol a sol cada uno en las actividades más diversas, desde el cultivo de Yerba, Te, mandioca o reforestar, hasta hoy a la cría de ganado o diferentes frutos como papaya, naranja e inclusive pequeños viñedos como los que tenía hace más de 3 décadas mi abuelito.
Cada uno con las herramientas que dispone, desde carretas tiradas por huelles a modernos tractores, con hacha y machete o con moto sierra.
Sin lugar a dudas su paisaje selvático hace de la provincia que sea un paraíso en donde trabajar con un clima cálido y lluvioso por lo general, donde los galpones son construidos con la madera que ellos cultivan.
Su gente, de la más diversa, un verdadero crisol de razas, los originarios Guaraníes mezclados con nuestros criollos y los inmigrantes llegados de Europa, principalmente Ucrania, Polonia y Alemania y sin olvidar aquellos originarios de países limítrofes como el Paraguay y Brasil.
Habían sembrado, hasta donde se perdía la vista, infinidad de retoños despreciables hasta para las hormigas por su pequeñez, pero que era de suponer que luego de diez años y diez metros de lluvia, habrían de serruchar y convertir en múltiples y jugosos billetes.
Una vez puesto en marcha el proyecto, Raúl se había consagrado de lleno a lo que en realidad más le importaba: crear un nuevo habitat, parecido al que venía idealizando cada vez que se demoraba en alguna comisaría a la espera de la devolución de alguno de sus hijos adolescentes. Un ambiente en verdad bucólico, de esos que imagina uno al escuchar la Pastoral, con ondulaciones verdes, aire puro y fresco, algunas ovejitas y tal vez hasta un zorzal. Con Raul sentado en los atardeceres, mirando el Betete o los ombúes, respirando hondo en un silencio que hasta podría tocarse...
.... a los asados de Raúl se iban maravillados
por la serenidad del sitio y reconciliados con la naturaleza.
Pero estaban los loros. Que en los primeros
tiempos asombraron a Raúl del mismo modo que lo hicieran los ñandues, las golondrinas, las liebres nocturnas, o las comadrejas y tejones que entre todos abusaban de su virgindad citadina hacia las especies silvestres . Los loros, que tenían por inquilinato múltiple a una planta centenaria a unos treinta metros de la casa, y que escandalizaban al mundo con sus chillidos. En realidad, los conocedores los clasificaron como cotorras, unos bichos que con un mínimo de materias se recibirían de loros y que como buenos estudiantes eran bullangueros hasta el infinito.
Lo que al principio había sido el fondo sonoro de la naturaleza, para el oído de tísico de Raúl, entrenado a diferenciar los timbres arrebatados de Arrau de la severidad formal de Backhaus en las sonatas de Beethoven, empezó a ser un ruidillo molesto al despertar en las madrugadas del verano, en que parece que los loros están quejosos por cualquier asunto. Pero una vez percibido, el griterío pareció aunmentar de volumen y también a hacerse más frecuente. Al mes de haber descubierto “el ruido a loro”.
....Los nidos, enormes,
esban como a veinte metros de altura, ...
fuera de ruta de toda posible trepada de los peones. Comenzó con un rifle de aire comprimido, porque odiaba las armas de fuego. Los balines llegaban tan desinflados a los nidos que apenas pudieron lesionar a un par de bichos, lo cual aumentó la gritería durante semanas. Luego trajo unas culebras no venenosas, que si bien no alcanzarían para comerse al cotorraje, al menos –calculaba Raúl- provocaría la emigración por temor.
Pero los ofidios se negaron a trepar.
Raúl despidió las culebras y comenzó un curso intensivo de cetrería. Compró capuchas y guanteletes de cuero crudo, y pagó a precio de oro tres gavilanes que se escaparon en la primera suelta, demostrando no haber aprendido nada de los humanos. Amenazando al especialista, Raúl pudo conseguir que le repusieran el plantel, esta vez con halcones adiestrados. Sin embargo, Los animalitos se revelaron exquisitos en materia gastronómica, porque sólo persiguieron pichones. Sin duda los loros no eran parte de su dieta. Durante los meses siguientes probó con gatos, que huyeron al primer griterío.
La situación era gravísima porque Raúl se despertaba a las tres de la mañana esperando el incio del concierto en cualquier momento. Sufría mucho más los silencios que el alboroto, sabiendo de su pérdida inminente. Consideró blindar la casa con paneles acusticos ....