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lunes, 10 de agosto de 2020

Longchamps


Longchamps -10 de Agosto 1910


En 1627 las tierras de la actual Longchamps formaban parte de “La Magdalena” de 200 km² de propiedad del capitán Francisco García Romero. Sus descendientes venden la propiedad al capitán Gaspar de Avellaneda y a comienzos del siglo XIX los herederos de su hija fraccionan la estancia.

En 1909 finalmente llega a ser propietaria Luisa Carrere de Burzaco, viuda de Eugenio Burzaco, quién le vende en 1909 al Lomas Jockey Club 160 ha (cada ha es 100 x 100 m).

Lomas Jockey Club donó 129 ha para la formación de “Villa Longchamps”, 7 ha para la futura estación “Longchamps” y se queda con 44 ha para el "Hipódromo Longchamps" y otros espacios como un aeródromo, un autódromo y un campo de deportes , llamado entonces “campo de ejercicios físicos”. Henri Brégi realiza el vuelo histórico, el domingo 6 de febrero de 1910 en el Hipódromo de Longchamps. El Remate de los 3500 lotes de “Villa Longchamps” se realizó el 10 de abril de 1910, habiendo un segundo el 17 de abril. El rematador era Ricardo J. Davel y Cía. La operación de venta se realizó en 60 cuotas sin interés y sin base.


Luego de la cuarta carrera del 13 de febrero de 1913, en circunstancias poco claras, un grupo de asistentes logran destruir el Hipódromo. Las teorías sobre las razones que supuestamente tuvieron los agresores van desde un fallo polémico de dicha carrera a una acción organizada de una facción política en contra de otra entre los miembros del directorio del Lomas Jockey Club (conservadores y radicales).

La compañía “sociedad Emilio Burgwardt“ cubría con un seguro dichas instalaciones y respondió a fin de la reconstrucción. Esa compañía compró las tierras del Hipódromo, ante la decisión del Lomas Jockey Club de construir otras instalaciones pero en Temperley.

El remate lo realizó T. Duran el 3 de octubre de 1913 y esta vez en el aviso ya se habla de “Longchamps” (no de villa Longchamps como la anterior). La decisión del Lomas Jockey Club fue construir otras instalaciones pero en Temperley, que se inauguraron el 24 de marzo de 1914 . El éxodo hacia las cercanías de las nueva localización del hipódromo de caballerizas y personal afectado a dichas actividades causó un deterioro económico importante en Longchamps.


Primer vuelo en Sudamérica y en Argentina (Cuna de la aviación Sudamericana)
El 16 de febrero de 1910, el un aviador francés Henry Bregi realizó allí el primer vuelo mecanizado de Sudamérica. El nombre de pila de Brégi, Henri, suele ser escrito según la grafía del inglés ("Henry"), incluso en la señalética de la plaza que conmemora su figura, en la Diagonal Burgwardt.

Homologado oficialmente por el Aeroclub Argentino, institución fiscalizadora de las actividades aeronáuticas en la Argentina, lo realizó Henri Brégi, de 21 años de edad, el domingo 6 de febrero de 1910 a las 17:35 en el Hipódromo de Longchamps. En su avión "Voisín", Brégi recorrió 7 km aproximadamente; remontó hasta los 25 metros de altura, dio dos vueltas a la pista. A las 18:45 hizo un segundo vuelo en el que recorrió 6 km, alcanzando 60 m de altura a una velocidad máxima de 40 km/h.


Longchamps contaba con 47 622 habitantes (Indec, 2010) en el último censo nacional. Es la cuarta localidad con más habitantes del partido de Almirante Brown.



viernes, 17 de noviembre de 2017

La Leyenda del Jacarandá


 Cuando los españoles comenzaron a poblar Corrientes, trayendo consigo a sus familias, vino a habitar este suelo un caballero  que traía consigo a su hija. Una bella jovencita de escasos dieciséis años, de tez blanca, ojos azul oscuro y negra cabellera. Se instalaron en una zona no muy retirada de la ciudad de las Siete Corrientes, en una reducción donde los jesuitas cumplían su misión  evangelizadora y civilizadora, enseñando no sólo el amor a Cristo sino  también a cultivar la tierra a los guaraníes.
Entre los jóvenes de esa reducción se distinguía Mbareté, un mocetón
veinteañero alto y fornido, que trabajaba la tierra con tesón, como queriendo arrancar de sus entrañas toda su riqueza y sus secretos.

Una tarde en que Pilar -la joven española- salió a caminar en compañía de una doncella que la servía, vio a Mbareté y fue verlo y prendarse de su apostura. El indio también la observó con disimulo al principio, con desenfado después, y admiró su blanca piel, su negro cabello y el color de sus ojos.

 El encuentro fue fugaz. Tan sólo intercambiaron una mirada. Pero Mbareté la siguió con la vista hasta que la joven desapareció entre unos arbustos. El indio buscó la forma de que el jesuita le asignara tareas cerca de las casas y, en silencio, hurgaba por cuanta abertura había, para poder ubicar a  la joven.
    Pilar, entre tanto, no podía borrar de su retina la imagen del joven aborigen. No podía olvidar lo hermoso que le pareció con su torso desnudo, cubierto de gotas de sudor que le parecían chispas del sol que se le pegaban al cuerpo, al estar realizando su rudo trabajo.
No pasó mucho tiempo y un día Pilar y Mbareté se encontraron. Esta vez las miradas fueron largas y profundas. Tan profundas que -sin palabras- se adentraron en el espíritu de ambos, mutuamente.
Mbareté pidió ál sacerdote que los instruía que le enseñara el castellano. Y aprendió rápido todas aquellas palabras que le sirvieran para expresarle a
Pilar que la amaba desde el primer día en que se conocieron. Y buscó la forma de encontrarla a solas y poder hablarle. Y esa oportunidad la tuvo el día en que halló a la joven rodeada de indiecitos a quienes les enseñaba el catecismo. El joven se acercó al grupo y sin  musitar palabra permaneció observándola hasta que los niños se fueron.

Entonces, Mbareté caminó junto a ella y, ante su asombro, le habló en español -balbuceante, al principio- para confesarle su amor. Pilar se ruborizó, se sintió confundida, quiso ocultar sus sentimientos, pero sus hermosos ojos azules y su cálida sonrisa la traicionaron y el joven pudo comprobar que era correspondido.

 Los encuentros se repitieron. Mbareté le propuso huir juntos, lejos, donde su padre no pudiera encontrarlos. Le habló de construir una choza, junto al río, para ella y allí unir sus vidas. Pilar aceptó y, cuando la choza estuvo concluida, amparándose en las sombras de una noche en que Yasy les brindó su complicidad, escapó con su amado.
A la mañana siguiente, el caballero español buscó infructuosamente a su hija, hizo averiguaciones y alguien de la reducción le comentó que la habían visto frecuentemente en compañía de Mbareté y que éste también había
desaparecido.

 Furioso, el padre convenció a varios compañeros para que lo ayudaran a
encontrar a la pareja y, fuertemente armados, comenzaron la búsqueda. Pasaron  varios días hasta que descubrieron la choza junto al río.
Sigilosamente, tomaron posiciones para observar a sus moradores. Así vieron llegar a Mbareté en su canoa, con el producto de su pesca, y vieron también salir a Pilar a recibirlo.
 El padre de la joven no resistió la visión de la tierna escena de los amantes abrazados y salió de su escondite gritando el nombre de su hija y apuntando con su arma al indio. La joven vio el fuego del odio en los ojos de su padre y comprendió lo que cruzaba por su mente. Trató de evitarlo; de explicarle su actitud, pero el español siguió avanzando con el dedo en el disparador. Pilar se interpuso entre los dos hombres en el preciso instante en que la carga fue lanzada y cayó con el pecho teñido de rojo, fulminada por su propio padre. Al ver esto, Mba-reté quedó atónito, tieso, sin atinar a defenderse. Fue entonces cuando otro disparo le dio en plena frente y el joven se desplomó sobre el cuerpo de su amada.
El padre, dolorido e indignado, no se acercó siquiera a los cuerpos yacentes e instó a sus compañeros a volver a la reducción. Esa noche, la imagen de su hija no pudo apartarse de su mente, y con las primeras luces del alba, inició el camino hacia el lugar donde tan tristemente terminara ese amor tan grande que motivó que los jóvenes se olvidaran de sus
diferencias de raza.
Cuando llegó a la choza, el español no halló restos de la tragedia y en el
lugar donde la tarde anterior yaciera la pareja -sin que existiera ningún
rastro de la sangre allí derramada- se erguía un hermoso árbol de tronco
fuerte, cubierto de flores azul oscuro que se mecían suavemente con la
brisa.

     El hombre tardó en comprender que Dios había sentido misericordia de los enamorados y había convertido a Mbareté en ese árbol, y que los ojos de su hija lo miraban desde todas y cada una de las azules flores del jacarandá.








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