lunes, 4 de octubre de 2010

Paso Medina

Paso Medina


Paso Medina sobre la Ruta 6,

a unos kilómetros al Sur de La Paz,

sobre el Arroyo Feliciano.



El Feliciano quien junta las aguas de muchos arroyuelos paceños,

que transportan lágrimas de tristeza y alegría;

el perfume de la más variada vegetación

y el sonido del agua al correr se entremezclan con la más

bella música que producen las Aves.

Paso Medina, la señal que estamos llegando desde el Sur

por un camino rodeado de campos y

unas pocas casas aisladas, muchas aun de adobe y paja

que parecen que hubieran crecido como salen

los hormigueros de la Tierra.


El puente, iluminado por la Luna llena es tu guía,

el puente iluminado por el Sol del amanecer entre la niebla,

hacen que esa mole de hormigón

también tenga su vida propia entre la vegetación que lo rodea.

Campesinos tienen cientos de historias que contar

entre fogones a la vera del arroyo

mientras que no le quitan el ojo a la boya

a la espera de un pez para su chupín del medio día.


Cada vez que llego, mi parada obligada,

los brazos de cemento del Puente

son como un cargador de pilas del Corazón

e inspiración fotográfica.


Cada vez que regreso, me despido y

un gualicho ingresa en mi sangre que me motiva regresar.




Dedicado a Emma , mi Amor
en su Cumpleaños


Puente de la Vida

Antiguo, estoico, sólido.
Generoso en su dejar pasar.
Ostenta tres bellos arcos que le dan aire y estructura.
Une tierras firmes, habitadas por trinos gentiles de calandrias y palomas, verdes luminosos de sauces y talas, pasos cautelosos de virachos y carpinchos osados.
En la orilla Oeste, enseño juegos viejos y nuevos a niños tranquilos y vivaces, que hacen de la carencia su fortaleza y fuente de crecimiento.
En la margen del Este, me solazo con mis compañeros de camino en la arena blanca, apenas hollada por una garza elegante y discreta.
El arroyo Feliciano discurre así, particular, desde el Norte hacia el Sur.
Hoy apacible, alguna vez tumultuoso y desbordado por las lluvias, como lo he visto.
Su vida interior alimenta a vecinos y visitantes: dorados brillantes, moncholos bigotudos, tarariras que se defienden con sus dientes afilados al agresor, pícaras mojarritas, cangrejos en eterno retroceso que esconden avances ocultos.
Su cauce es único, con profundos remolinos que tragan al desprevenido, y aguas mansas donde refresco mi cuerpo transpirado de sol.
En las noches de enero, la Luna y el Lucero acompañan a las estrellas en su vigilancia atenta y solidaria.
Respeto profundamente este lugar con su arroyo y su transcurrir, creados por la Naturaleza así, para enseñarme la cautela, el descanso y la alegría de vivir.


Emma Violeta Chauvy

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